Una vida fracturada, la historia de Tito

Una vida fracturada, la historia de Tito

Una fractura en la cadera significó para Tito un cambio de vida en el que pudo recuperar su salud y ganar mucho amor.

 

Por: Carolina Zorrilla

El 5 de febrero del 2014 vi una publicación en Facebook que decía: “necesitamos un hogar temporal para este perrito que atropellaron en la Colonia Solidaridad, tiene quebrada la cadera, posiblemente necesite operación”. La fotografía que acompañaba el mensaje era esta:

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Fotografía tomada minutos después del accidente.

Lo vi y de inmediato respondí que yo podía. Vivía cerca de donde había ocurrido el accidente. Me puse en contacto con la directora del refugio que se haría cargo del caso y fuimos a recogerlo a la veterinaria en donde ya lo habían atendido y transformado. Lo vi salir de una jaula, delgado, sin tanto pelo como se veía en la foto, con una melena mal recortada que se acomodaba de manera graciosa por toda la mugre que tenía en el pelo. En sus ojos se podía ver todo el terror que le causaba nuestra presencia. Tratamos de pararlo, pero no pudo sostenerse. Lo abrazó la chica que me acompañaba y pude ver que su cuerpo era un tránsito interminable de pulgas. Me dio un líquido rojo para acabar con ellas, lo subimos al carro y lo llevamos a mi departamento.

Yo nunca había dado hogar temporal, ni mucho menos había tratado a un perro con una fractura de cadera.  Pasaron varios días para que encontrara la manera adecuada de evitar que terminara todo empapado con sus orines, de impedir que cuando defecara acostado no se embarrara todo en su propia caca.

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Dos días después del accidente. El color verde es de un líquido especial para calmar el dolor.

Las radiografías indicaban que efectivamente estaba fracturado. El médico recomendaba no operarlo “se va a componer con reposo”, dijo, y yo no creí. Le pregunté que si podría ser un perro normal después y me respondió que “iba a poder vivir”.

Le puse Tito y el nombre le agradó, desde la primera vez que lo llamé así volteó a verme, desconfiado como siempre, pero me miró.

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Tomando el sol.

Un mes de angustia

Durante un mes entero no se pudo levantar. Además de la fractura tenía una herida pequeña en la pierna que él mismo no dejaba cerrar, con los dientes trataba de arrancarse el pedazo de piel que se le había levantado, impidiendo que sanara.

Nunca he sabido de dónde salió Tito, pero nunca había visto tanto pánico en un perro, las caricias no le resultaban familiares. La cola se le había desviado por el accidente y no era sencillo que la moviera, así que nunca vi expresión de felicidad en él, hasta después de algunas semanas.

Durante todo el tiempo que tardó su recuperación dejé de dormir normalmente, no estuve tranquila, no salía, aprendí cuánto costaban los pañales y cuáles eran los más absorbentes,  también comprobé que el miedo siempre será un gran obstáculo para cualquiera que desea levantarse de nuevo. Tito avanzó lento, porque le daba pánico levantarse.

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La primera vez que intentó caminar en una consulta con el veterinario.

El golpe le ocasionó un daño neurológico que le impedía que contuviera su orina. Todo el tiempo orinaba, usaba 3 pañales al día, a veces 4. Con tratamiento eso fue disminuyendo poco a poco, pero el médico, aunque era uno de los mejores, me aseguraba que la incontinencia sería para siempre.

Poco a poco me fui acercando a él. Cada vez que lo limpiaba y le curaba la herida, tenía que ponerle un bozal, porque sus nervios se traducían en mordidas. En dos ocasiones me encajó los dientes en la mano hasta hacerme sangrar.

Comencé a sentarme en el  suelo junto a él, una vez que se veía tranquilo le acariciaba  la cabeza. Al principio parecía que no le gustaba, hasta que un día se incorporó un poco para acercarse   y pedirme más caricias empujando mi mano con el hocico.

¿Quién lo va a adoptar?

Me preocupaba mucho su condición, yo estaba por mudarme de ciudad y a donde llegaría no había posibilidades de tener un perro. Por sus características, me parecía que iba a ser difícil encontrar un adoptante que le dedicara el tiempo necesario y que lo atendiera con todo y sus necesidades.

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Después de su primer baño.

Tito tardó mucho en caminar. Poco a poco comenzó a arrastrarse, trataba de llegar hasta la pared para caminar pegado a ella y no caerse. Fue hasta un día en que mi madre fue a visitarme que Tito se incorporó, caminó cojeando hasta donde estaba ella y se sentó a su lado. Nos quedamos sorprendidos. Ahora ella y él se adoran, viven juntos y es la única persona que le parece digna de ser seguida.

A más de un año de su accidente, es posible decir que está 100% recuperado. Cuando empezó a caminar, las patas le habían quedado dispares y las arrastraba. Usó pañal 6 meses más, y ahora no gotea para nada. Corre, salta, persigue ardillas, levanta la pata para orinar como un perro normal y cada día su carácter mejora  y es más valiente. Le encantan las caricias, pasear y jugar con Loli, su hermana.

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Durmiendo abrazado de su juguete preferido.

 

Esta experiencia me ayudó a confirmar varias reglas inmutables de la vida: que el amor es poderoso, que la paciencia es sabiduría y que con perseverancia todo se logra.

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Tito con su hermana Loli, una perrita rescatada de maltrato.

Me dejó también el conocimiento de lo que las asociaciones rescatistas padecen. Durante toda su recuperación, Prodebidaz, la asociación que asumió su cuidado, nunca dejó de proveerme de todo lo necesario para que él estuviera bien: medicamentos, pañales, consultas médicas, radiografías. Los gastos de atención médica son elevadísimos, y desgraciadamente atienden a muchos casos como éste o peores.

Rescatar a un perro, ayudarlo a que viva mejor nos hace bien a ambos y modifica nuestro entorno, como cualquier acción  que realicemos.

La fractura de Tito significo también una fractura en su vida, un antes y un después, igual que en la vida de mi familia.

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