Memorial de mis perros muertos

Memorial de mis perros muertos

Celebrar el Día del perro también es recordar todas esas relaciones y encuentros posibles que tenemos con ellos. En estos tres relatos Óscar Luviano nos narra la historia de sus primeros perros, de la vida familiar en torno a ellos y de la desgracia de su condición animal en manos de nuestra ignorancia y nuestra forma de entenderlos.

 

Por Óscar Luviano

 

  1. El primero fue la Muñeca.

 

Mi abuela quería tirarla. Había dejado cojas dos mesas. Las serruchaba a base de jalar y jalar del mecate que frenaba sus demandas de libertad. Al pie de la pata de la que mi abuelo la había atado, se formaba un montón de aserrín. Recuerdo soplar el montón de aserrín antes de que la segunda mesa cayera. Cascada de platos, vasos y floreros. La Muñeca huyó perseguida por mi abuela. El cuchillo cebollero repetía la luz como si la mordiera, pero la Muñeca se dio tiempo y olisqueó las nalgas a mis tías, dejo huellas de tierra en cada sillón y ladró a lo alto del enorme árbol que había reventado con sus raíces de anaconda el patio central de la Peseta. Las infinitas temporadas de lluvia derribaban codornices aturdidas que mi abuelo recogía en un cubo. Sus huevos minúsculos estaban manchados como de chocolate.

La cargamos con las patitas y la nariz negra cubiertas de aserrín. Era negra e hirsuta como un asterisco demente. Con una alegría ciega libraba de un salto los dos metros que separaban nuestro patio de la terraza en que le construíamos casas inhabitables sobre un colchón viejo. No la bañamos en cinco años, y el día que la tiramos en una fuente de la Alameda de Santa María, soltó la mancha negra de un petrolero encallado.

La utilizábamos como sistema de propulsión para la patineta. Mi hermana corría y la Muñeca, fiel y babeante, tiraba del mecate que iba de su correa a la mano de mi hermano, y la patineta con al menos tres niños encima, se deslizaba a unos buenos 20 kilómetros por hora. La tendencia de mi hermana a caminar con los pies hacia adentro, tropezándose consigo misma, prodigaba una sensación de peligro inminente que mantenía una fila de diez niños a la espera de su turno.

Ladraba a los aviones, tiraba al suelo la ropa que las vecinas tendían en los mecates de la azotea con una furia virulenta e inexplicable, enloquecía cuando la llamábamos todos al mismo tiempo, negándose a reconocer a quién quería más y nos acompañaba a recoger a mi madre al trabajo, corriendo a la ida, tenuada y en los brazos de mi madre a la vuelta.

Se comía las sobras y el hígado, las albóndigas, las calabazas, las tortas de huauzontle y toda extravagancia gastronómica que le pasábamos por debajo de la mesa, con una alegría fingida que nos hacía creer que anhelaba esos horrendos bocados. Aceptaba estas ofrendas con una súplica silente en su rostro bondadoso y barbado. Cada vez que la evocamos nos deja en silencio y sin ganas de comer.

Tenía ojos ámbar, canas, y adoptaba como hijos a los gatos y toda bola de pelo. Dio a luz a cinco perritos.

Murió de parvo virus. Lo contrajo a través de la jeringa sin desinfectar de un veterinario ambulante. Mi mamá la asistió en su última noche, dentro de la casita de madera que le construimos sobre el colchón viejo, y que sólo moribunda se permitió habitar. La mandíbula se le había trenzado y no comió más. Recuerdo sus gemidos, como si nos llamara desde la profundidad de una mina.

Juramos nunca tener otro perro.

 

  1. El segundo fue Cujo.

 

Mi hermano lo rescató, sin pedir permiso a nadie, de un taller mecánico. Para llenar el hueco de su historia y justificar las mordidas, le dimos un pasado de maltratos y privaciones, de certera orfandad. La cagamos con el nombre, pero arriba, en los brazos de mi hermano y con la cabeza apoyada en su hombro, parecía un San Bernardo, y más concretamente, aquel gigante de belfos espumosos en la portada del libro de Stephen King.

Una vez que lo posó en el suelo de nuestra casa fue como si le hubieran serruchado las patas, y habría que describirlo como el fruto del amor incómodo entre un San Bernardo y un salchicha. Era largo y famélico como una marimba abandonada; su cabeza, sin embargo, era pesada y violenta, como si la sangre y la carne y la furia que les estaban destinados se hubieran concentrado ahí, y el resto de su musculatura fuera innecesario. Los ojos inyectados de sangre, uno con una terrible carnosidad, eran la evidencia de ello.

A pesar de nuestra devoción infantil, que le fingía hermoso hasta al oprobio, y de que le cubrimos con el champú de mi madre y caricias a destajo, no pudimos librarlo de su naturaleza secreta, y la ejerció mordiéndonos a todos: a mi madre en la pierna, a mi padre en una mano, a mi hermano pequeño en una nalga (huía gateando), a su salvador y a mi tía Alejandra.

Vivíamos en un régimen de terror. Cujo no toleraba conspiraciones en su contra. Decir su nombre en voz baja a dos habitaciones de distancia era suficiente para que gruñera y librara el asalto. Abandonamos todo regaño, pero la más tenue sugerencia de que se bajara del sillón, era suficiente para perderlo, y arremetía dispuesto a morder, desgarrar, aniquilar, los belfos espumosos y erizados.

No se perdía una comida, y parado en dos patas, enganchaba su hocico en la mesa para reclamar su parte. Teníamos que comer con su cabeza al costado en silencio. Entonces, con un gruñido bajo y terrible, la carnosidad brillante, carmesí, señalaba el guiso de su elección. Los devoraba estirando una lengua infinita, atragantado; la comida como el tumulto dentro de un dragón de papel.

Como era de esperar, dejamos de llevar invitados a casa, pero las vecinas tenían que pasar por nuestro patio para tender su ropa, y al poco tiempo descubrimos que con los extraños Cujo era dócil y amoroso. Boquiabiertos o indignados, o ambas cosas, le vimos acercarse solícito y moviendo la cola para ubicarse bajo las caricias de Doña Berta o de Eugenia, la mamá de Maruca. Erguido en sus patas, repartía lametones ahí donde nosotros teníamos cicatrices. Le llamábamos entonces, celosos de ese amor gratuito que no habíamos podido ganarnos ni con filetes o albóndigas, y Cujo iba sobre nosotros, belfos desnudos.

Tuvimos que matarlo.

Mi padre lo llevó al Centro Antirrábico después de que mordiese a mi hermana en la cara, sin que se pudiesen establecer jamás los motivos. Un beso en su enorme nariz es la razón más probable. En un primer momento, cuando vimos el tajo sobre su mejilla, pensamos que le había arrancado el ojo, pero sólo fue un rasguño y seis puntadas.

Permaneció en observación una semana antes del sacrificio. Mi padre fue a presenciar su ejecución. Los años en el ring nos hicieron creer que era el único con estómago para asistir. Dice que le enseñó los dientes cuando intentó reconfortarlo a través de la jaula. En cambio, lamió intensamente la mano del veterinario que le aplicó la inyección letal.

 

  1. El tercero fue Bobby Abasolo.

 

Fue el único perro de mi padre. Era negro y necrófilo.

Mi padre pasó por diversas etapas en su vida. Una etapa boxeador, otra electricista; una etapa enmascarada, otra de recuperación de pelo; una etapa marimba sinfónica, una etapa delantero de llano; una “tengo otra familia”. Su etapa alta cocina casi lo sume en el alcoholismo, pero salió de ella con una irrecuperable receta de huachinango a la caguama que aún nos hace salivar.

Bobby Abasolo procede de su etapa bicicleta, un periodo eminentemente conservacionista. Tomaba una canasta y le anunciaba a mi madre que se iba por las tortillas, y pedaleando vigoroso, partía para desaparecer toda la tarde y regresar ebrio y apestoso a pulque, con la canasta vacía, a menos de que hubiese atropellado a algo.

Mi padre fue así: pegaba y se arrepentía, pésima costumbre para un boxeador. Me lo imagino con cara de vergüenza detrás del réferi, con su rival tumbado, y musitando tras el protector bucal “Que se levante, que se levante…”. En su periodo ciclista, ente que atropellaba, criatura que adoptaba. De ese modo llegó a casa con un pato, un gallo, varios gatos y a una niña muda y famélica, todos sentados en la canasta de su bicicleta. La niña nos robó el contenido del refrigerador y varias muñecas, y se desvaneció. Los gatos se quedaron, el pato se enamoró de mi madre y el gallo cantaba a todas horas, incapaz de distinguir el día de la noche. A pesar de esas malas experiencias, nunca renunció a adoptar todo lo que llevase encima las huellas de su bicicleta.

Después de atropellar a Bobby Abasolo, entonces un cachorrito con sarna, le dijo:”Si aguantas el camino hasta mi casa, te quedas”. Pese a que estaba ebrio y las palabras debieron ser ininteligibles, el perro aceptó el reto y siguió a mi padre a través de caminos polvorientos, tianguis tumultuosos, charcos, pendientes y carreteras.

Mi madre y mis primitas amaron al cachorro, mi hermana lo bañó y el resto soportamos sus aullidos. Y ahí estaba, con la pancita roja de rascarse, una cicatriz de cuchillo sin filo en el nacimiento de la cola y la mirada de tristeza que jamás pudimos quitarle. A veces un bistec, a veces una caricia, a veces el famoso silbido matador de mi primita menor le atenuaban ese brillo inverso, como de quien nos mirase a través de la lluvia o desde el fondo del naufragio, por poco tiempo.

¿Qué había visto? ¿Qué había vivido? ¿Quién había intentado cortar su cola? ¿Quién le había apagado cigarros en el hocico? A mi familia la crueldad les hace sentir vírgenes. Son tan incapaces de ella como de  comprenderla. Sus frutos en el cuerpecito de Bobby les eran enceguecedoras, como un libro en otro idioma.

El nombre se lo pusieron mis primas ante la amenaza de mi padre de llamarle “El gordo”. Lo sacaron de ese capítulo de Canuto donde Canito tiene un amigo imaginario llamado Bobby Abasolo. Bobby se ofende cuando Canuto sugiere que es imaginario, y allá vemos al perro escalando astabanderas, sumido en alcantarillas, oteando en la jaula del león porque Canito le dice que ahí está Bobby, esperando sus disculpas. Quizá Bobby fue nuestro amigo imaginario al que debimos pedir perdón por todas las ofensas que no cometimos.

Aprendió a llamar a la puerta para hacer del baño en el jardín, metía a casa los gatitos de La Consentida cuando se nos escapaban, tomándolos delicadamente en su hocico. Siempre se mostró amoroso y agradecido, pero solía sentarse al borde del sillón mirando al piso, y sabíamos que pensaba, pero no en qué. Lo sacábamos de ahí con croquetas o pelotas.

Hay una foto de mi padre con él: le pasa el brazo por los hombros y el perro mira a la cámara. Mi padre brilla como nunca en una foto. Bobby, en cambio, sólo te devuelve la mirada.

Una vez, eufórico, arrancó la bolsa de la compra a mi madre y la regó por todo el jardín. Otra, del puro gusto de ver a mis primitas, fue y quebró de una mordida el arbolito renuente que al fin había rebasado los 30 centímetros. Esos y otros eran estallidos de una dicha que sólo retrasaba lo inevitable.

Una madrugada mi madre despertó sofocada por una pestilencia espantosa. Abrió la puerta y encontró un perro muerto tendido, de los muchos que morían en la vía rápida a la vera de su edificio. Mi padre amenazó a los vecinos y confortó a Bobby. Asumió que era una amenaza velada.

Pero los perros muertos siguieron apareciendo. Escoba, manguera, cloro. Decidieron prohibir a Bobby cualquier salida, incluso al jardín. Se tomó el encierro con necio ensimismamiento, esta vez al pie de la ventana que daba a la carretera, restregado contra la cortina, como si le negasen el cumplimiento de su deber sagrado.

Aprovechó un descuido de mis primas, y escapó. “Corrió para la carretera”, nos dijo un vecino, pero llegó la noche, y nada. Aquella madrugada, con la pestilencia a muerto, nos despertaron los arañazos de Bobby en la puerta.

Bobby los traía de la carretera, a tirones de hocico, atravesando el estacionamiento, los juegos infantiles, el jardín. Nadie tuvo corazón para regañarlo. Cavábamos en el jardín y cubríamos de tierra el cuerpo en turno. En cada ocasión, mis primitas decían una oración y a veces confeccionaban una cruz. La más pequeña empezó a beber coca cola. Dejaron de jugar en el jardín, y enumeraban las tumbas desde la ventana: “Aquí está el gris”, “Ese es el rincón del mechudito”, “Allá, el que tenía el collar dorado”…

Las primeras pústulas no tardaron en aparecer en el hocico de Bobby, reventando sobre las quemaduras de cigarro. Avanzaron a su pecho, de ahí a todo su cuerpo. El veterinario dijo que la infección se debía al contacto con los cuerpos putrefactos y que su propagación era inevitable. Hablamos con Bobby por turnos, en grupo, con los dibujos de mis primitas, pero los perros seguían apareciendo. No hubo forma de hacerle entender que no estaba ni en sus manos ni en las nuestras.

Lo pusimos a dormir cuando la enfermedad ya no le dejaba salir. Mi padre quiso cargarlo hasta su lecho postrero, pero aullaba con el mínimo contacto. “Si aguantas”, le dijo, y echó a caminar, y Bobby le siguió, moviendo la cola.

Ahora reposa en el jardín. Encima le crecen flores, de esas que nadie siembra y que no tienen nombre.

 

Óscar Luviano

(Ciudad de México, 1968) Narrador y poeta. Cuentos suyos se incluyen en Nuevas voces de la narrativa mexicana (Planeta, 2003) y en Así se acaba el mundo (SM, 2012). Colabora en diversos medios y publicaciones. 

 

 

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