Okja: la traducción es sagrada

Okja: la traducción es sagrada

Okja es una película que vale la pena se opine lo que se opine sobre el consumo de carne. 

 

Por: Óscar Luviano

 

En el desolador The Cove (Estados Unidos, 2011), documental de Louie Psihoyos sobre la captura en Japón de delfines para los acuarios y la matanza de aquellos que no servían para ese fin, un experto en comportamiento animal argumenta que si bien hemos enseñado a los delfines de los espectáculos de Sea World un lenguaje de señas para comunicarnos con ellos, esta es una comunicación de una sola vía: los delfines no tienen manos para respondernos. Les imponemos un  lenguaje para condenarlos a la obediencia y al silencio.

Parece que Joon-Ho Bong decidió evitar los problemas con la distribución que casi condenó a la invisibilidad a su filme anterior, la muy meritoria Snowpiecer (Rompenieves, 2013), y se instaló en Netflix para ofrecer lo que podría verse como la última entrega de una trilogía ecologista de ciencia ficción, que comenzó con The Host (El huésped, 2006), sobre una especie de ajolote gigante que asola los contaminados ríos de Seúl,  siguó con Snowpiecer, en donde un tren con los restos de la humanidad recorre una Tierra congelada por el calentamiento global, y ofrece su entrega en turno: Okja (2017) sobre una niña y su cerdo gigante.

Okja, hay que decirlo, es la más floja de la filmografía de uno de los más interesantes directores del nuevo cine coreano, pero ello se debe a las obligadas limitaciones del cine familiar. La anécdota es sencilla: una corporación alimenticia (Mirando en lugar de Monsanto) produce un supercerdo de bajo coste y mucha carne. Para evitar las sospechas de transgenicidad, finge que han sido criados en páramos idílicos. Okja, encargado a la pequeña campesina Mija y a su abuelo en el monzón coreano, resulta la más grande y bonita de los especímenes. La corporación reclama al cerdo, y se lo lleva a Nueva York, donde será exhibido como la nueva panacea alimenticia. Después de un triunfal desfile, con regalo de salchichas, Okja será enviada al matadero.

Como es esperar, Mija se lanza tras su amiga en un desesperado intento por rescatarla. En la odisea le acompañará un comando de salvamento animal. Ante una traición a Mija (cuyo desconocimiento del inglés le hace perder la oportunidad de liberar a Okja), el líder de este grupo, el siempre eficiente Paul Dano, pronuncia una sentencia: “La traducción es sagrada”. Una frase que parece no tener sentido si no se atiende a esas veces en el filme en las que la Mija se cuela bajo la gran oreja de su cerda para susurrarle algo que no podemos escuchar.

Okja, hay que decirlo, es una película que vale más por lo que despierta que por sí misma. En Internet ha sido recibida por los carnívoros irredentos como otra ofensa vegana, y los ambientalistas no han visto con buenos ojos su sentido del humor un tanto baboso que pareciera despojarla de un peso ideológico.

Son sus sugerencias las que hacen a Okja un filme que vale la pena, se tenga la edad que se tenga, y se opine lo que se opine sobre el consumo de carne: el hecho de que los supercerdos parezcan más bien perros y se comporten como tales, el doble papel de la siempre necesaria Tilda Swinton (como una empresaria buena onda, por un lado, y su gemela desalmada, por el otro, que al final tienen el mismo objetivo depredador) y los apuntes sobre la incoherencia del movimiento animalista. Esos detalles, y la tristísima secuencia final de Okja en el matadero, tan parecido a un campo de concentración, cuando sus compañeros de martirio aúllan a coro a una luna indiferente, en ese “Yo acuso” que nos negamos a escuchar.

La traducción es sagrada.

Okja (2017, Estados Unidos), dirigida por Joon Ho-Bong, con guión de Jon Ronson, y con las actuaciones de Tilda Swinton, Paul Dano, Seo-Hyun Ahn, entre otros.

Disponible en Neflix.

 

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